sábado, 25 de octubre de 2014

Pasionario Hispánico. 13/10 (26/10) - Santos Fausto, Jenaro y Marcial, Mártires



Pasión de los santos mártires Fausto, Genaro y Marcial, que sufrieron martirio en la ciudad de Córdoba bajo el gobernador Eugenio, el día quince de Octubre.


R/. Gracias a Dios.



2. En aquellos días, habiendo llegado a Córdoba Eugenio, de mente idólatra e inspiración perversa, pese a que daba la impresión de que se inclinaba más a hacer el censo de los cristianos que a perseguirlos, como diera la orden de adorar a los dioses, de repente estos tres, Fausto, Genaro y Marcial, con decisión valiente, sin cesar en la alabanza de Dios, le hablaron así: «Eugenio impío, ¿por qué te empeñas en odiar a los cristianos, en vez de creer? Hay que adorar a Dios y proclamarlo Dios de infinita eternidad. A Él hay que darle gracias». Entonces Eugenio, encendido con el máximo furor, dijo así: «Hombres desgraciados y perdidos, ¿qué sois vosotros?» Fausto respondió: «Cristianos, que confesamos a Cristo». Eugenio preguntó: «¿Quién es ese Cristo, a quien vosotros decís glorificar?». Contestó Genaro: «Es el solo Dios, por quien todo ha sido hecho y nosotros por Él. Y creyendo en Él solo, deseamos vivir cristianamente». Dijo Eugenio: «¿De dónde os proviene esa desatinada compenetración de decir bajo una sola inspiración que sólo hay un Dios?». Fausto contestó: «Extravío no hay sino en ti solo, que nos obligas a negar a Dios. En ti solo impiedad, que no reconoces al Hijo de Dios Padre».

3. Diciendo esto, Eugenio ordenó a los suyos: «Poned en el potro de tortura a Fausto, que tan impía e irrespetuosamente ha contestado». Genaro dijo a Fausto: «Querido y unido a nosotros en el vínculo de Cristo, con razón sufres esto por haberte asociado a las consecuencias de nuestros pecados». Fausto dijo: «¡Que vuestra compañía sea siempre la mía!». Eugenio dijo: «¿Qué conversación es esa, que ahora tenéis, que habéis respondido ambos tan impíamente?». Genaro contestó: «Donde está la confesión de Cristo, no hay ninguna impiedad. Mayor es tu desgracia, ya que nos obligas a negar al Dios vivo». Eugenio dijo a Marcial: «Veo la demencia de éstos, como si te hubieran atraído a su compañía. No te confíes a esos impíos y malvados que, aunque no han querido hacer sacrificios voluntariamente, sin embargo, incluso a la fuerza serán obligados a adorar a nuestros dioses». Marcial dijo: «Que el Dios uno e inmortal, que hizo el cielo y la tierra 3, te castigue a ti, que nos obligas a adorar maderas y piedras antes que a Dios».

4. Eugenio dijo: «Reponedlos en el potro de tortura». Hecho esto, dijo Marcial: «Oh feliz e inmortal gloria de Cristo, que se ha dignado asociarnos a ti, hermano Fausto». Eugenio ordenó: «Atormentadlos, hasta que adoren a nuestros dioses». Mientras esto se hacía, Félix dijo: «Tan difícil como es que un camello pase por el ojo de una aguja, así nos es de difícil apartarnos de la fe de nuestros padres para volvernos a tu perdición». Eugenio repuso: «Los augustos emperadores han ordenado que adoréis a los dioses». Fausto respondió: «Hay un solo Dios. Por Él todo ha sido creado y nosotros por Él. Y vosotros no tenéis dioses, sino a vuestro Padre el Diablo, que se llama Satanás». Eugenio le contestó: «Ahora te aplicaré los tormentos». Y añadió: «Que se le corten las orejas y la nariz, que se le rapen las cejas y se le saquen los dientes de arriba». Realizado esto, dijo Fausto: «Bendito es el Señor inmortal, que ahora a nosotros según las obras de esta vida nos pagará bien por mal. A ti, en cambio, desgraciado e impío, nunca te irá bien».

5. Eugenio dijo a Genaro: «¿Ves, Genaro, cuántos y qué clases de tormentos ha sufrido Fausto por persistir en sus impías palabras?». Genaro contestó: «Que esta impiedad permanezca en mí y no se rompa el vínculo de este amor y la alianza con Cristo no me abandone. Como Él nos ha redimido con su preciosa sangre, haga que seamos coronados en la eterna gloria de su alabanza». Eugenio ordenó: «Arrancadle también a éste, lo que ordenamos a aquél».

6. Cumplido esto, Eugenio dijo a Marcial: «¿Ves, Marcial, la locura de tus compañeros y qué males les sobrevienen? Así que, mira por ti y sepárate de su perversa obstinación». Marcial respondió: «Mi consuelo es lo que ellos, alegres y exultantes, atestiguan en voz alta. Por tanto ha de ser proclamado y alabado el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Esta es para nosotros la Trinidad inseparable, inviolable, inaccesible, infinita, perpetua. Esa Trinidad nos aúna, para que sigamos sus pasos; tú sin embargo, violador de la paz, enemigo de la fe, no nos engañarás a nosotros, que queremos ser lo que seremos en el futuro». Eugenio dijo: -Aunque me respondas con una impiedad tan grande y con tal falta de respeto, al menos mira por ti». Marcial respondió: -Si no te enfadas, te digo cuál es nuestro consuelo». Eugenio le contestó: «¡Por los dioses inmortales y las promesas a los Emperadores, yo no me enfadaré!». Marcial dijo: «Tú mira por ti y proclama al Señor y hazte merecedor con nosotros de la gloria, del martirio y del amor». Eugenio añadió: «Dije que no me enfadaría y no lo hago. Tú cree en un solo Dios, tú confiesa a Cristo y que Él os ayude, pero a mí que nunca me suceda esto». Fausto dijo: «No merecerías otra cosa, sino ser echado a la gehena, que desde el origen del mundo ha sido preparada para tu padre, Satanás».

7. Entonces Eugenio, profundamente encolerizado, ordenó que fuesen quemados en una hoguera ritual. Habiendo sido conducidos a la hoguera ritual, así hablaron bajo una misma inspiración al pueblo: «Vosotros, queridísimos, no creáis en este Enemigo, el Diablo, de quien es ahora el tiempo. Reconoced, por el contrario, que habéis sido creados a imagen y semejanza de Dios; adoradlo y bendecidlo a Él, que es el creador de todas las cosas; no adoréis, como dicen éstos, las obras de sus manos, puesto que las maderas, las piedras, el oro y la plata son obras de las manos de los hombres. Vosotros, desechando y despreciando los castigos de éste, proclamad a Jesucristo y alabad a Dios sin cesar, incluso cada día». Y como los llevaran los sayones, por cuyas manos habían sido ensangrentados, comenzaron a echarlos al fuego. En seguida que fueron echados al fuego, exultantes, entregaron el espíritu. Y no faltó la asistencia de la Trinidad a los que no faltaba el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Os sirva de ejemplo esta lectura a vosotros para que fortalezcáis valientemente vuestro ánimo para el martirio y por medio de la pasión de éstos, deis testimonio de Cristo.

8. Sea bendito el nombre del Señor por los siglos de los siglos. Amén.


Fuente: www.hispanomozarabe.es