lunes, 7 de abril de 2014

Almendralejo, capital rumana de Extremadura (España)


En la última década, los inmigrantes procedentes de Rumanía se han convertido en parte del paisaje humano de algunos pueblos extremeños. Llegaban al inicio de la campaña agrícola y se marchaban con la entrada del otoño. Pero año tras año, muchos se han ido asentando en la región gracias a que han encontrado trabajo en el campo.

En Almendralejo la población de origen rumano ya supone más del diez por ciento del total. Lo mismo sucede en otros pueblos de la comarca de Tierra de Barros. Se calcula que pueden sobrepasar la cifra de 5.000 quienes residen durante todo el año y están censados. Este número se duplica en la época de recogida de aceitunas y en la vendimia.

La mayoría de los que han optado por quedarse se han integrado y llevan a sus hijos a colegios públicos. Son niños que hablan castellano mejor que la lengua rumana. De ahí que una de las preocupaciones que tienen es que sus hijos, la segunda generación de inmigrantes, pierda el idioma materno.

Para evitarlo se ha creado en Almendralejo la primera asociación de rumanos de Extremadura. Está presidida por Clara Emilia Chirchiboi, una mujer de poco más de cuarenta años licenciada en veterinaria en su país, donde también trabajó como policía en prisiones. La asociación nace con grandes pretensiones. La más importante, conseguir ser visibles en una sociedad en la que cada vez son más numerosos los súbditos rumanos.

Una asociación no política

Clara Emilia quiere solicitar a la embajada de Rumanía en España que cree un consulado en Almendralejo. En su opinión, esta legación estaría más que justificada por el número de inmigrantes que residen no solo en la capital de la Tierra de Barros sino en toda la comarca. La idea de solicitar un consulado partió del cónsul de Rumanía en Ciudad Real, que visitó en septiembre del año pasado la ciudad extremeña con motivo de la denuncia de violación de dos chicas por parte de dos jóvenes rumanos. «Nos dijo que sería conveniente crear una asociación para demostrar que no todos los rumanos somos malos», explica Clara Emilia.

Esta mujer, que lleva cinco años en España, también es vicepresidenta del Partido Popular Rumano en la provincia de Badajoz, una asociación que no tiene nada que ver con la política, según asegura. Confía en que todo ello sirva para que mejore la imagen que algunos españoles tienen de la comunidad rumana en España.

Otra de las reivindicaciones de esta asociación es la creación de una escuela donde los hijos de los inmigrantes puedan aprender a hablar rumano y conozcan las costumbres de su tierra de origen. «Nuestros hijos tienen que saber que vivimos aquí, pero que tenemos nuestro país», indica.

Entre las primeras acciones previstas está la puesta en marcha de talleres de folclore popular rumano para los niños. También quieren iniciar uno para adultos. «Además de relacionarnos, queremos aprender los bailes populares de nuestro país», cuenta Clara Emilia.

Ahora mismo, el único lugar donde se concentran los rumanos de Almendralejo una vez a la semana es la capilla que les cedió la diócesis hace ya más de seis años y que se encuentra ubicada en el hospital de la Orden de San Juan de Dios, en la antigua Casa de Misericordia. Es el único templo de la región donde los católicos ortodoxos, rito mayoritario en Rumanía, pueden practicar su fe. También acuden a la misa católicos españoles, ya sea por curiosidad o simplemente por ver la imagen dedicada a Sfantul Apostol y al Evaghelist Marcu.

Muy religiosos

Los rumanos son muy religiosos, según Clara Emilia. «Aunque aquí en España, la fe está decayendo», se queja. A pesar de todo, el pasado domingo la iglesia estaba a rebosar, no sólo de adultos, sino también de niños. Una de las diferencias que hay entre las misas ortodoxas y las católicas es que los niños participan activamente, incluso tomando la comunión desde bebés. La ceremonia dura hora y media.

La comunión se toma con pan común y también vino, el que entrega el único cura ortodoxo que hay en la zona y que, a veces, también se tiene que trasladar a Portugal, un país que, como España, pertenece a la misma diócesis ortodoxa. Pero también hay ofrendas que resultan curiosas para los católicos. Los familiares de los fallecidos donan alimentos, que son bendecidos durante la misa y entregados a los presentes al finalizar la ceremonia.

Ion Sirbu es sacerdote y además jornalero. Reside en Almendralejo con su familia. Tiene dos hijos y espera un tercero. Los emolumentos que le pagan por los oficios religiosos no le llegan para mantener a la familia. El cura, además de celebrar la liturgia, es el confesor de muchos de ellos. «Me cuentan sus problemas, sus necesidades. Es que la gente lo está pasando mal con la crisis, hay poco trabajo para todos», dice.

Sirbu también lamenta que muchos no vayan a la iglesia, aunque los que van son como una familia. Y es que ellos mismos son los que organizan también las celebraciones de los festejos tradicionales rumanos, como el del próximo 27 de abril, el día grande de la Semana Santa para la iglesia ortodoxa, la madrugada del Sábado de Resurrección.

Estas celebraciones, normalmente acompañadas de platos de la gastronomía tradicional, hacen que los ciudadanos rumanos recuerden que, aunque residan en España, su madre patria está lejos y les espera ansiosa, aunque enferma. «Si aquí lo estamos pasando mal con la crisis, imagínate allí. Mi madre cobra 125 euros al mes después de 39 años cotizando, y los precios son similares a los de España», se lamenta Clara Emilia.


Fuente: Hoy