lunes, 3 de agosto de 2020

03/08 - Isacio, Dalmato y Fausto, Ascetas del Monasterio de Dalmato


San Isacio, también celebrado el 30 de mayo, se hizo monje a temprana edad y destacó en toda virtud; celoso de la Fe Ortodoxa, también fue considerado digno del don de la profecía. Vivía en una pequeña cabaña cerca de Constantinopla.

Cuando Valente el Arriano marchó contra los Godos, que estaban en el Danubio, este justo salió en persona a encontrarse con el Emperador y, tomando las riendas del caballo de este, le dijo con valentía que Dios había inspirado a los bárbaros a que salieran a enfrentarse a él porque él había incitado a muchos a hablar contra Dios blasfemando y había expulsado a los verdaderos adoradores de Dios de las divinas casas de oración. También le dijo que, si dejaba de luchar contra Dios mediante la herejía y le devolvía los buenos pastores (o sea, los Obispos ortodoxos) al rebaño de Cristo, obtendría fácilmente la victoria sobre sus enemigos; por el contrario, si no desistía de estas cosas y no tomaba a Dios por aliado, en el mismo inicio de la batalla él y su ejército serían ciertamente derrotados. «Aprende por experiencia -le dijo- que es duro dar patadas al aguijón. No regresarás, y esta expedición será destruida». A pesar de todo, el Emperador se enojó e hizo encarcelar al justo para castigarlo y matarlo cuando regresara de conquistar a los bárbaros, pero fue completamente derrotado y quemado vivo en cierto pueblo en el año 378 (Teodoreto de Ciro, ‘Historia Eclesiástica’, cap. 4, 31-32).

Cuando los soldados supervivientes regresaron de la guerra, queriendo tentar al Santo, se dirigieron a él diciendo: «Prepara tu defensa ante el Emperador, que viene a cumplir lo que habló contra ti», pero este respondió: «Hace ya siete días que olí el hedor de sus huesos, que fueron quemados en el fuego». Así, el justo fue liberado de la prisión. Todos se maravillaron a causa de esta profecía, e Isacio se hizo aún más célebre por el celo que mostró a favor de la Ortodoxia en el año 381, cuando fue convocado el Segundo Concilio Ecuménico. Después de esto, se construyó un monasterio en Constantinopla para él, y pastoreó piadosamente a los que luchaban con él en el ascetismo. Habiendo servido como ejemplo de la vida monástica, reposó en paz hacia finales del siglo IV, dejando a Dalmato como sucesor suyo.

En cuanto a San Dalmato, inicialmente sirvió en la segunda división de los soldados llamados ‘Scholarii’. Sin embargo, después lo abandonó todo y, tomando a su hijo Fausto, se fue al monasterio arriba mencionado de San Isacio, donde tomó el hábito monástico. Gracias a su virtud, se volvió venerable a la vista de todos. Estuvo presente en el Tercer Concilio Ecuménico de Éfeso en el año 431, donde mostró su celo por la Ortodoxia contra Nestorio. Precisamente este Concilio lo eligió Archimandrita de los monasterios de Constantinopla. Habiendo vivido más de ochenta años, reposó en el Señor.