domingo, 26 de enero de 2020

XV Domingo de Lucas. Evangelio de la Divina Liturgia


Lc 19,1-10: Jesús entró en Jericó y atravesaba la cuidad. Allí vivía un hombre muy rico llamado Zaqueo, que era el jefe de los publicanos. El quería ver quién era Jesús, pero no podía a causa de la multitud, porque era de baja estatura. Entonces se adelantó y subió a un sicomoro para poder verlo, porque iba a pasar por allí. Al llegar a ese lugar, Jesús miró hacia arriba y le dijo: «Zaqueo, baja pronto, porque hoy tengo que alojarme en tu casa». Zaqueo bajó rápidamente y lo recibió con alegría. Al ver esto, todos murmuraban, diciendo: «Se ha ido a alojar en casa de un pecador». Pero Zaqueo dijo resueltamente al Señor: «Señor, voy a dar la mitad de mis bienes a los pobres, y si he perjudicado a alguien, le daré cuatro veces más». Y Jesús le dijo: «Hoy ha llegado la salvación a esta casa, ya que también este hombres es un hijo de Abraham, porque el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que estaba perdido».

jueves, 23 de enero de 2020

23/01 - San Ildefonso, Obispo de Toledo


Vida

Para reconstruir su biografía, además de los datos contenidos en sus obras, disponemos principalmente del Beati Ildephonsi Elogium de San Julián de Toledo, contemporáneo suyo y segundo sucesor en la sede toledana, escrita como apéndice al De viris illustribus (PL 96,43-44). La Vita vel gesta S. Ildephonsi Sedis Toletanae Episcopi, atribuida a Cixila, obispo de Toledo ca. 774-783 (PL 96,44-88; Flórez, V,501-520), donde se mencionan por primera vez los milagros de su vida y la Vita Ildephonsi Archiepiscopi Toletani de fray Rodrigo Manuel Cerratense, s. XIII (Flórez V,521-525), añaden al Elogium tradiciones posteriores con tinte legendario.

Nacido en el 607, durante el reinado de Witerico en Toledo, de estirpe germánica, era miembro de una de las distintas familias regias visigodas. Según una tradición que recoge Nicolás Antonio (Bibliotheca Hispana Vetus, PL 96,11), fue sobrino del obispo de Toledo San Eugenio III, quien comenzó su educación. Por el estilo de sus escritos y por los juicios emitidos en su De viris illustribus sobre los personajes que menciona, se deduce que recibió una brillante formación literaria. Según su propio testimonio fue ordenado de diácono (ca. 632-633) por Eladio, obispo de Toledo (De vir. ill. 7: PL 96,202). En un pasaje interpolado del Elogium, se dice que siendo aún muy niño, ingresó en el Monasterio de Agali o agaliense, en los arrabales de Toledo, contra la voluntad de sus padres. Más adelanté se afirma que «se deleitaba con la vida de los monjes», frase que debe interpretarse siguiendo a Flórez (V,276) en el sentido de que desde niño se inclinó al estado religioso. Ildefonso estuvo muy vinculado a este monasterio, como él mismo recuerda al hablar de Eladio, y como se deduce del De vir. ill. con el que pretende exaltar la sede toledana y quizá mostrar el papel privilegiado que correspondía al monasterio Agaliense. Estando ya en el monasterio, funda un convento de religiosas dotándolo con los bienes que hereda, y en fecha desconocida (650?), es elegido abad. Firma entre los abades en los Concilios VIII y IX de Toledo, no encontrándose su firma, en cambio, en el X (656). Muerto el obispo Eugenio III es elegido obispo de Toledo el a. 657, y según el Elogium obligado a ocupar su sede por el rey Recesvinto. En la correspondencia mantenida con Quirico, obispo de Barcelona, se lamenta de las dificultades de su época. A ellas atribuye el Elogium que dejase incompletos algunos escritos. Muere el 667, siendo sepultado en la iglesia de Santa Leocadia de Toledo, y posteriormente trasladado a Zamora.

Milagro del encuentro con la Virgen

La noche del 18 de diciembre del 665 San Ildefonso junto con sus clérigos y algunos otros, fueron a la iglesia, para cantar himnos en honor a la Virgen María. Encontraron la capilla brillando con una luz tan deslumbrante, que sintieron temor. Todos huyeron excepto Ildefonso y sus dos diáconos. Estos entraron y se acercaron al altar. Ante ellos se encontraba la Virgen María, sentada en la silla del obispo, rodeada por una compañía de vírgenes entonando cantos celestiales. María al ir hizo una seña con la cabeza para que se acercara. Habiendo obedecido, ella fijó sus ojos sobre él y dijo: "Tu eres mi capellán y fiel notario. Recibe esta casulla la cual mi Hijo te envía de su tesorería." Habiendo dicho esto, la Virgen misma lo invistió, dándole las instrucciones de usarla solamente en los días festivos designados en su honor.

Esta aparición y la casulla fueron pruebas tan claras, que el concilio de Toledo ordenó un día de fiesta especial para perpetuar su memoria. El evento aparece documentado en el Acta Sanctorum como El Descendimiento de la Santísima Virgen y de su Aparición. La importancia que adquiere este hecho milagroso sucedido en plena Hispania Ghotorum y transmitido ininterrumpidamente a lo largo de los siglos ha sido muy grande para Toledo y su catedral. Los árabes, durante la dominación musulmana, al convertirse la Basílica cristiana en Mezquita respetaron escrupulosamente este lugar y la piedra allí situada por tratarse de un espacio sagrado relacionado con la Virgen María a quien se venera en el Corán. Esta circunstancia permite afirmar que el milagro era conocido antes de la invasión musulmana y que no se trata de una de las muchas historias piadosas medievales que brotaron de la fantasía popular. En la catedral los peregrinos pueden aún venerar la piedra en que la Virgen Santísima puso sus pies cuando se le apareció a San Ildefonso.

Obras

De las reseñadas en el Elogium se conservan las siguientes:

Sobre la virginidad perpetua de Santa María contra tres infieles (De virginitate Sanctae Mariae contra tres infideles), su obra principal y más estimada, de estilo muy cuidado y llena de entusiasmo y devoción marianos (fue llamado el Capellán de la Virgen en la comedia que, con ese mismo título, escribió Lope de Vega). Los tres herejes a que se refiere son Joviniano y Elvidio, refutados ya por San Jerónimo, y un judío anónimo. Esto da pie a pensar que intenta refutar a algunos de su época, que, quizá por influencia judía, resucitaban los mismos errores. Consta de una oración inicial y de 12 capítulos. En el primero defiende contra Joviniano la virginidad de María en la concepción y en el parto; en el segundo mantiene contra Elvidio que María fue siempre virgen; a partir del tercero muestra que Jesucristo es Dios y la integridad perpetua de María. Depende estrechamente de San Agustín y San Isidoro, y constituye el punto de arranque de la teología mariana en España. Fue traducida por el Arcipreste de Talavera.

Comentario sobre el conocimiento del bautismo (como reseña San Julián) o Anotaciones sobre el conocimiento del bautismo (Liber de cognitione baptismi unus), descubierto por E. Baluze y publicado en el libro VI de su Miscelánea (París 1738). Es de sumo interés para la historia del bautismo en España. Escrito con finalidad pastoral, expone al pueblo sencillo la doctrina de la Tradición sobre este sacramento. Dividido en 142 capítulos, en los 13 primeros trata de la creación del hombre y de la caída original; en los cap. 14-16, del bautismo de Juan y del bautismo de Cristo, afirmando que sólo el último perdona los pecados; en 17-35, expone cómo se ha de recibir el bautismo y explica las ceremonias; en 36-95, explica el Credo, que ha de aprenderse de memoria (es un valioso documento para el estudio de la historia del Símbolo en España); en 9.6-131, vuelve sobre las ceremonias bautismales; en 131-137, explica el Padrenuestro; en 138-140 trata de la Comunión, y en 141-142 explica la liturgia del lunes y martes de Pascua como coronación de las ceremonias de la iniciación cristiana. Las fuentes principales son: las Enarrationes in psalmos de San Agustín, las Moralia de San Gregorio Magno y las Etimologías de San Isidoro.

Sobre el progreso del desierto espiritual (De progressu spiritualis deserti), prolongación de la obra precedente. Tras el bautismo, simbolizado por el paso del mar Rojo, el alma camina por el Evangelio, como los israelitas por el desierto. Utiliza excesivamente la alegoría.

Sobre los varones ilustres (De viris illustribus), continuación del de San Isidoro. A diferencia de éste, enumera no sólo a escritores, sino a eclesiásticos ilustres por su santidad o dotes de gobierno. De los 13 personajes que en ella figuran, 7 son toledanos. En cambio, autores tan importantes como Braulio de Zaragoza o Isidoro de Sevilla, son apenas destacados. En el estilo y noticias depende de San Jerónimo, Genadio y San Isidoro. Aunque no está reseñada esta obra en el Elogium, dada la atribución manuscrita que se la atribuye unánimemente, puede darse por auténtica.

Finalmente, se conservan dos Cartas dirigidas a Quirico de Barcelona. No se conservan las siguientes: Liber prosopopejae imbecillitatis propriae, Opusculum de proprietate personarum Patris et Filii et Spiritus Sancti, Opusculum adnotationum actionis propriae, Opusculum adnotationum in sacris. El Elogium habla de misas compuestas por Ildefonso, himnos y sermones; la tradición manuscrita le atribuye algunos, que la mayor parte de los críticos toman como apócrifos.

Doctrina

El Elogium dice de Ildefonso que fue notable por su elocuencia. Muy enraizado en la tradición patrística, su esfuerzo principal estriba en dar al pueblo en forma asequible «la doctrina de los antiguos». Su teología es fundamentalmente mariana y sacramentaria. Merece destacarse la claridad con que afirma su fe en el parto virginal: «No quiero que alegues que la pureza de nuestra Virgen ha sido corrompida en el parto... no quiero que rompas su virginidad por la salida del que nace, no quiero que a la Virgen la prives del título de madre, no quiero que a la madre la prives de la plenitud de la gloria virginal» (Sobre la virg., cap. I), y la insistencia con que la proclama Madre de todos los hombres. En la doctrina sacramentaria, recomienda la comunión diaria («Pedimos en esta oración del padrenuestro que este pan, el mismo Cristo, se nos dé cada día», Anot., cap. 136), defiende que el bautismo administrado por los herejes es válido y no debe iterarse (ib. 121), y que no es válido, en cambio, si se omite en la fórmula alguna de las tres divinas Personas. El bautismo sólo pueden conferirlo los sacerdotes, excepto en los casos de grave necesidad (ib. 115). Después habla de la Confirmación, relacionándola con el sacerdocio de los fieles: «Puesto que somos raza de elección y sacerdocio real, somos ungidos después del bautismo del agua con el crisma» (ib. 123) y de la infusión del Espíritu por la imposición de las manos (ib. 128).

Las posibles aportaciones ildefonsianas a la Liturgia Hispana

La fiesta de Santa María: En un contexto de afianzamiento de la fe católica frente a un arrianismo que no terminaba de superarse del todo particularmente en algunos ambientes visigodos relacionados tal vez económica y organizativamente con grupos judíos, se perfila una remodelación del antiguo calendario que permita un contexto más favorable para celebrar el misterio de la Encarnación del Verbo a la celebración de la maternidad virginal de María.El arrianismo caló fuertemente en los visigodos, no por una convicción, sino por la sintonía de este con las concepciones religiosas bastante simples de un pueblo guerrero y no muy dado a al distinción sutil.El abad Ildefonso, autor del canon 1º del X Concilio de Toledo (656), que fija la fiesta de la Encarnación (25 de marzo) o de Santa María en la fecha adventicia del 18 de diciembre a ocho días de la Navidad (25 de diciembre). A el también se le atribuyen la Misa y el Oficio de esta fiesta así como algunos posibles retoques en la Misa de Navidad.

Alusiones a la Virgen María en otros lugares de la liturgia: En España a Santa María, la Madre del Señor, se la conoce como “La Virgen”, tal y como en Francia es “Nuestra Señora” o en Italia “La Señora”. Se debe a San Ildefonso y a como caló en el pueblo cristiano su teología.

Con todo esto se puede percibir hasta que punto el siglo de Ildefonso (589-711) es un siglo apasionante en la vida de la Iglesia española y que se refleja fuertemente en su impronta sobre la Liturgia, la Teología y la Espiritualidad.


Fuente: Wikipedia

martes, 21 de enero de 2020

21/01 - Santos Fructuoso, Augurio y Eulogio, Mártires



En Tarragona, año 259

Siendo emperadores Valeriano y Galieno, y Emiliano y Baso cónsules, el diecisiete de las calendas de febrero (el 16 de enero), un domingo, fueron prendidos Fructuoso, obispo, Augurio y Eulogio, diáconos. Cuando el obispo Fructuoso estaba ya acostado, se dirigieron a su casa un pelotón de soldados de los llamados beneficiarios, cuyos nombres son: Aurelio, Festucio, Elio, Polencio, Donato y Máximo. Cuando el obispo oyó sus pisadas, se levantó apresuradamente y salió a su encuentro en chinelas. Los soldados le dijeron:

- Ven con nosotros, pues el presidente te manda llamar junto con tus diáconos.

Respondióles el obispo Fructuoso:

- Vamos, pues; o si me lo permitís, me calzaré antes. Replicaron los soldados:

- Cálzate tranquilamente.

Apenas llegaron, los metieron en la cárcel. Allí, Fructuoso, cierto y alegre de la corona del Señor a que era llamado, oraba sin interrupción. La comunidad de hermanos estaba también con él, asistiéndole y rogándole que se acordara de ellos.

Otro día bautizó en la cárcel a un hermano nuestro, por nombre Rogaciano.

En la cárcel pasaron seis días, y el viernes, el doce de las calendas de febrero (21 de enero), fueron llevados ante el tribunal y se celebró el juicio.

El presidente Emiliano dijo:

- Que pasen Fructuoso, obispo, Augurio y Eulogio. Los oficiales del tribunal contestaron:

- Aquí están.

El presidente Emiliano dijo al obispo Fructuoso:

- ¿Te has enterado de lo que han mandado los emperadores?

FRUCTUOSO — Ignoro qué hayan mandado; pero, en todo caso, yo soy cristiano.

EMILIANO — Han mandado que se adore a los dioses.

FRUCTUOSO— Yo adoro a un solo Dios, el que hizo el cielo y la tierra, el mar y cuanto en ellos se contiene.

EMILIANO — ¿Es que no sabes que hay dioses?

FRUCTUOSO — No lo sé.

EMILIANO — Pues pronto lo vas a saber.

El obispo Fructuoso recogió su mirada en el Señor y se puso a orar dentro de sí.

El presidente Emiliano concluyó:

— ¿Quiénes son obedecidos, quiénes temidos, quiénes adorados, si no se da culto a los dioses ni se adoran las estatuas de los emperadores?

El presidente Emiliano se volvió al diácono Augurio y le dijo: - No hagas caso de las palabras de Fructuoso.


Augurio, diácono, repuso:

- Yo doy culto al Dios omnipotente.

El presidente Emiliano dijo al diácono Eulogio:

- ¿También tú adoras a Fructuoso?


Eulogio, diácono, dijo:

- Yo no adoro a Fructuoso, sino que adoro al mismo a quien adora Fructuoso.

El presidente Emiliano dijo al obispo Fructuoso:

- ¿Eres obispo?

FRUCTUOSO — Lo soy.

EMILIANO — Pues has terminado de serlo.

Y dio sentencia de que fueran quemados vivos.

Cuando el obispo Fructuoso, acompañado de sus diáconos, era conducido al anfiteatro, el pueblo se condolía del obispo Fructuoso, pues se había captado el cariño, no sólo de parte de los hermanos, sino hasta de los gentiles. En efecto, él era tal como el Espíritu Santo declaró debe ser el obispo por boca de aquel vaso de elección, el bienaventurado Pablo, doctor de las naciones. De ahí que los hermanos que sabían caminaba su obispo a tan grande gloria, más bien se alegraban que se dolían.

De camino, muchos, movidos de fraterna caridad, ofrecían a los mártires que tomaran un vaso de una mixtura expresamente preparada; mas el obispo lo rechazó, diciendo:

- Todavía no es hora de romper el ayuno. Era, en efecto, la hora cuarta del día; es decir, las diez de la mañana. Por cierto que ya el miércoles, en la cárcel, habían solemnemente celebrado la estación. Y ahora, el viernes, se apresuraba, alegre y seguro, a romper el ayuno con los mártires y profetas en el paraíso, que el Señor tiene preparado para los que le aman.

Llegados que fueron al anfiteatro, acercósele al obispo un lector suyo, por nombre Augustal, y, entre lágrimas, le suplicó le permitiera descalzarle. El bienaventurado mártir contestó:

- Déjalo, hijo; yo me descalzaré por mí mismo, pues me siento fuerte y me inunda la alegría por la certeza de la promesa del Señor.

Apenas se hubo descalzado, un camarada de milicia, hermano nuestro, por nombre Félix, se le acercó también y, tomándole la mano derecha, le rogó que se acordara de él. El santo varón Fructuoso, con clara voz que todos oyeron, le contestó:

- Yo tengo que acordarme de la Iglesia, extendida de Oriente a Occidente.

Puesto, pues, en el centro del anfiteatro, como se llegara ya el momento, digamos más bien de alcanzar la corona inmarcesible que de sufrir la pena, a pesar de que le estaban observando los soldados beneficiarios de la guardia del pretorio, cuyos nombres antes recordamos, el obispo Fructuoso, por aviso juntamente e inspiración del Espíritu Santo, dijo de manera que lo pudieron oír nuestros hermanos:

- No os ha de faltar pastor ni es posible falte la caridad y promesa del Señor, aquí lo mismo que en lo por venir. Esto que estáis viendo, no es sino sufrimiento de un momento.

Habiendo así consolado a los hermanos, entraron en su salvación, dignos y dichosos en su mismo martirio, pues merecieron sentir, según la promesa, el fruto de las Santas Escrituras. Y, en efecto, fueron semejantes a Ananías, Azarías y Misael, a fin de que también en ellos se pudiera contemplar una imagen de la Trinidad divina. Y fue así que, puestos los tres en medio de la hoguera, no les faltó la asistencia del Padre ni la ayuda del Hijo ni la compañía del Espíritu Santo, que andaba en medio del fuego.

Apenas las llamas quemaron los lazos con que les habían atado las manos, acordándose ellos de la oración divina y de su ordinaria costumbre, llenos de gozo, dobladas las rodillas, seguros de la resurrección, puestos en la figura del trofeo del Señor, estuvieron suplicando al Señor hasta el momento en que juntos exhalaron sus almas.

Después de esto, no faltaron los acostumbrados prodigios del Señor, y dos de nuestros hermanos, Babilán y Migdonio, que pertenecían a la casa del presidente Emiliano, vieron cómo se abría el cielo y mostraron a la propia hija de Emiliano cómo subían coronados al cielo Fructuoso y sus diáconos, cuando aún estaban clavadas en tierra las estacas a que los habían atado. Llamaron también a Emiliano diciéndole:

—Ven y ve a los que hoy condenaste, cómo son restituidos a su cielo y a su esperanza.

Acudió, efectivamente, Emiliano, pero no fue digno de verlos.

Los hermanos, por su parte, abandonados como ovejas sin pastor, se sentían angustiados, no porque hicieran duelo de Fructuoso, sino porque le echaban de menos, recordando la fe y combate de cada uno de los mártires.

Venida la noche, se apresuraron a volver al anfiteatro, llevando vino consigo para apagar los huesos medio encendidos. Después de esto, reuniendo las cenizas de los mártires, cada cual tomaba para sí lo que podía haber a las manos […]

¡Oh bienaventurados mártires, que fueron probados por el fuego, como oro precioso, vestidos de la loriga de la fe y del yelmo de la salvación; que fueron coronados con diadema y corona inmarcesible, porque pisotearon la cabeza del diablo! ¡Oh bienaventurados mártires, que merecieron morada digna en el cielo, de pie a la derecha de Cristo, bendiciendo a Dios Padre omnipotente y a nuestro Señor Jesucristo, hijo suyo!

Recibió el Señor a sus mártires en paz por su buena confesión, a quien es honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén.

(BAC 75, 788-794)

sábado, 18 de enero de 2020

XII Domingo de Lucas. Evangelio de la Divina Liturgia


Lc 17,12-19: En aquel tiempo, al entrar Jesús en un pueblo, salieron a su encuentro diez hombres leprosos, que se pararon a distancia y, levantando la voz, dijeron: “¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!” Al verlos, les dijo: “Vayan y muéstrense a los sacerdotes.” Y sucedió que, mientras iban, quedaron limpios. Uno de ellos, viéndose curado, se volvió glorificando a Dios en alta voz, y postrándose rostro en tierra a los pies de Jesús, le daba gracias; y éste era un samaritano. Tomó la palabra Jesús y dijo: “¿No quedaron limpios los diez? Los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios sino este extranjero?” Y le dijo: “Levántate y anda; tu fe te ha salvado”.

jueves, 16 de enero de 2020

16/01 - San Quirico, obispo de Barcelona


Quírico fue obispo de Barcelona en la segunda mitad del siglo VII, aunque no se conocen con exactitud los años de su pontificado. Su nombre aparece entre los firmantes de las actas del X Concilio de Toledo del año 656. Es posible que hubiera accedido al cargo poco antes, tras el VIII Concilio de Toledo del 653. Por lo que se refiere a su muerte, se suele aceptar que ésta se produjo en torno al año 666. Esta última fecha se deduce de la posición que su sucesor Idalio ocupa en las suscripciones de las actas conciliares.

Se carteó con Ildefonso de Toledo y con Tajón de Zaragoza, intercambio epistolar del que hemos conservado dos cartas dirigidas al primero y una al segundo. Se le adjudica asimismo la paternidad de un himno en honor a Eulalia de Barcelona, composición en la que se le atribuye también la construcción de un convento junto al sepulcro de la santa.

Por lo que se refiere a las dos cartas dirigidas a Ildefonso, la primera se encuadra en el viaje que Quírico realizó a la capital del reino en el año 656 con motivo del X Concilio de Toledo. Entre los asuntos discutidos en este sínodo, se aprobó en primer lugar una fecha fija para la celebración de la fiesta de Santa María, el 18 de diciembre. En este ambiente de devoción mariana se situaría el ofrecimiento por parte de Ildefonso, a la sazón abad del monasterio de Agali, en las cercanías de Toledo, de una copia de su De uirginitate perpetua sanctae Mariae (CPL 1247) a su amigo Quírico. De vuelta a Barcelona, Quírico escribió a finales del 656 o a principios del 657 una carta de agradecimiento por el regalo recibido en la que explica el solaz que la lectura de esta obrita le ha reportado y en la que ensalza la capacidad de Ildefonso de hacer inteligible a todos, pequeños y grandes, el misterio de la Encarnación y del Nacimiento de Cristo. Hemos conservado también la respuesta del propio Ildefonso a esta misiva en la que éste hace recaer todo el mérito de su obra en Dios.

En la segunda carta, escrita entre los años 657 y 666, Quírico anima al por entonces ya obispo de Toledo a que, haciendo uso del talento recibido por obra del Espíritu Santo, continúe con sus estudios y arroje luz sobre los pasajes oscuros de las Sagradas Escrituras, pues muchos serán los que se beneficien de semejante trabajo. Esta misiva de ánimo concluye con una petición personal, pues Quírico ruega al prelado toledano que le envíe todo cuanto escriba. Como en el caso anterior, también ha llegado hasta nosotros la carta de respuesta de Ildefonso, quien confiesa que sus obligaciones le impiden consagrarse por completo al estudio de las Escrituras (cf. ILDEFONSO DE TOLEDO).

La tercera misiva que conservamos de este obispo es la que dirigió a Tajón de Zaragoza. Éste había enviado a Quírico un ejemplar de sus Sentencias, obra en la que se ofrece de forma asequible una exposición de los principales aspectos de la doctrina cristiana utilizando para ello los escritos de Isidoro de Sevilla, Agustín de Hipona y, sobre todo, Gregorio Magno. La obra había sido escrita a instancias del propio Quírico, como indica la carta prefacio que la encabeza, por lo que Tajón le había ofrecido un ejemplar para que la leyera y, por lo visto, también para que la copiara. Parece ser que Quírico dilató demasiado la devolución del manuscrito que se le había prestado, lo que supuso el requerimiento por parte de Tajón. Por fin, el obispo de Barcelona escribe una carta en la que loa el trabajo que Tajón ha llevado a cabo y lo anima a proseguirlo, al tiempo que se disculpa por el retraso en el envío del manuscrito. La carta de Quírico se incorporó a los manuscritos que transmiten las Sentencias, por lo que su fortuna ha corrido paralela a esta obra de Tajón.

Se atribuye también a Quírico la composición de un himno en honor de santa Eulalia de Barcelona: Fulget hic honor sepulcri (Chevalier 6627; cf. HIMNARIO VISIGÓTICO-MOZÁRABE). Compuesto en septenarios trocaicos cuantitativos, está formado por catorce estrofas de tres versos cada una (= 42 versos).


Fuente: www.larramendi.es

martes, 14 de enero de 2020

14/01 - San Julián, Obispo de Toledo


"Nació en la misma ciudad de Toledo, recibió el bautismo en la iglesia catedralicia de Santa María y fue educado en los claustros de dicho templo." Así nos introduce en la semblanza de San Julián el primero de sus biógrafos e inmediato sucesor en la sede metropolitana. De estirpe judía, aunque de padres ya cristianos, su nacimiento vino a ser como flor lozana y fragante que redime de espinas a la zarza en que brotó.

Muy niño, este toledano auténtico fue ofrecido por sus padres para que en calidad de oblato se educase en los claustros de la basílica metropolitana para el servicio del santuario.

Allí recibió su formación espiritual y literaria bajo la dirección del preceptor Eugenio, el más distinguido poeta de toda la época y que, después de haber regido como metropolitano la sede toledana, es hoy venerado como santo.

Durante el tiempo de permanencia en el atrio episcopal, Julián trabó estrechísima amistad con su compañero Gudila y se resalta el paralelismo de aquellas dos vidas destinadas a ocupar puestos de gran relieve en la administración eclesiástica de su tiempo. Hubo un momento en la vida de ambos en el que de mutuo acuerdo pensaron seriamente en abrazar la vida monástica, deseosos de mayor perfección, mas, después de pedir ahincadamente la iluminación celestial y el consejo de los prudentes, decidieron continuar en el orden secular, ascendiendo paulatinamente por los grados de la jerarquía.

La personalidad de Julián se abrillanta cada día más en el candelero enhiesto que era la ciudad real. Fue sobre todo desde la muerte de San Ildefonso cuando descuella y alcanza creciente celebridad en sus ministerios de diácono y presbítero. El conjunto de dotes naturales, la experiencia y maestría reveladas en el cumplimiento de los cargos desempeñados, en la recta gestión de los asuntos, en el trato social, en la digna manera de comportarse; el prestigio de sus virtudes y de su saber hicieron de Julián un dechado que Toledo entero podía admirar y que no podía ocultarse como luz bajo el celemín. Era el "varón de consumada prudencia".

A la terminación del verano del 679 su alma recibió un golpe durísimo con la muerte de su entrañable amigo, a la sazón arcediano, Gudila. A principios de enero del año siguiente moría también el metropolitano Quirico. La sede-vacante duró breves días, pues los electores unánimemente designaron para ocupar la silla de Toledo al esclarecido clérigo Julián, elegido el 16 de enero del 680 y consagrado el domingo, día 29, en el marco opulento de la basílica de Santa María por el obispo de Játiva.

Alrededor de los sesenta años debía de contar el nuevo metropolitano, cuando recayó sobre él la pesada carga del arzobispado de Toledo, que unía a las responsabilidades comunes de los otros prelados las que particularmente se relacionaban con las peculiares de ser obispo de la sede real y metropolitano de la provincia cartaginense, integrada por una veintena de diócesis sufragáneas, con cuyos prelados había de celebrar frecuentes consultas para el mejor resultado de las gestiones pastorales y civiles, someterlos a su propio tribunal, cuando la conducta de éstos así lo exigiera, y convocarles a concilio según las normas canónicas de la iglesia hispana.

Era tal la amplitud de funciones y de ejercicio de la Jurisdicción, que es fácil suponer la actividad del nuevo metropolitano.

En los comienzos del pontificado, un hambre horrenda fustigó a España. Las muertes por inanición se multiplicaban por doquier. Con tal motivo Julián hubo de desvivirse para remediar a los necesitados en grado tal, que las fuentes visigóticas, que apenas aluden en ningún momento a la beneficencia, reservan para el metropolitano de Toledo unas frases llenas del mayor encomio: "No podía ver que nadie estuviera necesitado sin lanzarse inmediatamente en su socorro, y fue tan extraordinaria su caridad, que jamás negaba cosa alguna al que se le acercaba; con tal modo de proceder buscaba hacerse grato a Dios y útil a los hombres".

Un asunto de enorme trascendencia política se produjo cuando apenas llevaba ocho meses ocupando la sede toledana. Traidoramente se había suministrado un narcótico al rey Wamba y durante el sopor producido por el bebedizo, el conde Ervigio, taimado autor de la felonía, hizo llamar al metropolitano a la residencia real y en ella le mostró un documento firmado por el monarca, a quien todos los ajenos a la conjura consideraban gravemente enfermo y sin sentido. En este documento, que el arzobispo vio refrendado por la suscripción real, el rey manifestaba vehementes deseos de morir con la profesión y hábito de penitente público. Engañado con tamaña falacia, procedió Julián a tonsurar al inconsciente monarca, reduciéndole al estado penitencial, por lo que quedaba incapacitado, si recuperaba la salud, para continuar ocupando el trono.

La añagaza de Ervigio para adueñarse del cetro visigótico hizo de San Julián un cómplice inconsciente, pues debe descartarse toda voluntariedad en la farsa, ya que, posteriormente a ella, a la pluma ágil del metropolitano de Toledo se debe la mejor apología del depuesto monarca.

Por el bien de la paz, el gran ideal de la iglesia hispana, se aceptó el hecho consumado y el arzobispo se vio compelido por la fuerza de las circunstancias a acatar la elección de Ervigio, reconocido como rey por quienes en la legislación vigente eran los legítimos electores.

Otro incidente serio se produjo con ocasión de haberse recibido en España para la adhesión del episcopado peninsular las actas del concilio tercero de Constantinopla, sexto de los ecuménicos. A la expresa aceptación de los obispos españoles, Julián, fogoso teólogo, adicionó un escrito donde se encontraron expresiones que en la curia pontificia parecieron malsonantes, sobre todo en aquella época en la que cualquier impropiedad de léxico podía acarrear tolvaneras de polémica, Al conocer el metropolitano la sospecha de heterodoxia, surgida en Roma sobre la pureza de su fe, tuvo una reacción enérgica; redactó otro escrito, avalado con testimonios de la Sagrada Escritura y de los Santos Padres, y lo remitió al Romano Pontífice con sensibles muestras de enojo, deslizando en él palabras duras para los contradictores. Esta nueva explicación, impecable desde el punto de vista teológico, satisfizo plenamente y traducida al griego se hizo llegar hasta el palacio imperial de Bizancio y tanto aquí como en la corte pontificia del papa Agatón mereció los más cumplidos elogios.

Fue durante su episcopado cuando la sede toledana alcanzó su más alto nivel en la jerarquía eclesiástica nacional. Celebrábase en los primeros días de enero del 681 el XII Concilio de Toledo. Tuvo carácter de asamblea nacional de todos los obispos del reino y en él se reunieron treinta y nueve prelados. El hecho de que Toledo fuera la sede metropolitana de la corte y el sistema en uso de la intervención real en el nombramiento de los cargos eclesiásticos inspiró la idea de que, para la mayor rapidez en la terminación de las sedes vacantes, los restantes metropolitanos cedieran en favor del de Toledo sus derechos de examen y confirmación de los obispos electos, quienes únicamente quedaban obligados a presentarse ante su respectivo arzobispo en el plazo de tres meses posteriores a su consagración. Esto, que canónicamente fue una norma de gobierno, acrecentó extraordinariamente la figura jerárquica del metropolitano de Toledo. A partir de "tan singular prerrogativa" —así se la designa en los textos conciliares—, el arzobispo de Toledo adquiere una indiscutible preeminencia sobre todos los prelados del reino. El será el primero en estampar su firma en las actas de los concilios y en presidir las sesiones sin guardar para nada el orden acostumbrado de antigüedad en la sede; en los casos de urgencia es él quien resuelve; muy en breve será su provincia la primera en reunirse para dar la norma a las demás sobre la citada adhesión al concilio, ecuménico de Constantinopla, mandando los demás metropolitanos sus representantes al sínodo de Toledo. En pocas palabras, tenemos la primacía de la iglesia toledana surgida canónicamente en los tiempos en que el metropolitano Julián vive el primer año de pontificado. La densa biografía de este insigne prelado, el más preclaro sin duda entre los celebérrimos que ocuparon la sede a lo largo del siglo VII, es difícil de condensar en una breve semblanza.

Hay, sin embargo, un aspecto, el de su producción literaria, que no puede ser pasado por alto. En la nota bibliográfica se elencan las obras llegadas hasta nosotros. En ellas se atiende a las necesidades presentes y todas manifiestan un clima de madurez, un perfilado estilo literario y una agudeza de pensamiento, que coronan el ciclo intelectual iniciado con San Isidoro a principios de la centuria.

El domingo, 6 de marzo del 690, fallecía San Julián a los diez años, un mes y siete días de haber ocupado la silla toledana. Su cuerpo, como el de sus antecesores, recibió sepultura en la basílica martirial de Santa Leocadia, junto al venerado cuerpo de la Santa.

Quien le trató íntimamente durante la vida y le sucedió a su muerte, nos ha dejado el más cumplido panegírico de sus virtudes episcopales.

Fue —escribe— limosnero con exceso, si en ello puede darse exceso, acudiendo prontamente al socorro de los desgraciados y poniéndose en el lugar de los débiles oprimidos.

"En sus intervenciones era discreto, y valiente en la resolución de los negocios intrincados; justo en dirimir los juicios, estuvo siempre inclinado a la aminoración de la pena, y dispuesto siempre a salir por los fueros de la justicia".

"Uníanse a estas dotes el laudable dominio de sí durante los debates, la fluidez de su palabra y la admirable devoción sentida por la exactitud en el rezo de las divinas alabanzas, estando siempre pronto para salir al paso de la más leve duda surgida sobre ello.

"Cuidadoso en extremo de la iluminación de los templos, se mostró eximio en vindicar el derecho de las basílicas, alerta en el gobierno de los súbditos y preparado siempre para escuchar a los humildes".

"Si en el ejercicio de tan alto cargo quiso rodearse de la magnificencia digna de su autoridad, privadamente estaba dotado de una humildad evangélica y sobresalía por la probidad integral de sus costumbres".

"Fue tal su misericordia que jamás hubo angustiado a quien no procurase aliviar, y era tan caritativo que nunca negó lo que por caridad se le pedía.

"De esta forma trabajó por hacerse agradable a Dios en todo y útil a los hombres, consiguiendo siempre agradar a Aquél y, en cuanto le fue posible, satisfacer a éstos por Dios.

"Y si en los dotes naturales no fue inferior a ninguno de sus nobles predecesores, tampoco les fue desigual por la abundancia de sus dignos merecimientos".

Tan bella apología que, como una estela laudatoria de su preclara existencia ha llegado hasta nosotros, se centra en torno a las tres grandes virtudes episcopales: celo, justicia y caridad, en las que sobresalió en grado preeminente, aunque la posteridad le estime más por la herencia recibida de su insigne magisterio doctrinal.

J. FRANCISCO RIVERA


domingo, 12 de enero de 2020

Domingo después de Epifanía. Lecturas de la Divina Liturgia


Ef 4,7-13: Hermanos, sin embargo, cada uno de nosotros ha recibido su propio don, en la medida que Cristo los ha distribuido. Por eso dice la Escritura: "Cuando subió a lo alto, llevó consigo a los cautivos y repartió dones a los hombres". Pero si decimos que subió, significa que primero descendió a las regiones inferiores de la tierra. El que descendió es el mismo que subió más allá de los cielos, para colmar todo el universo. El comunicó a unos el don de ser Apóstoles, a otros Profetas, a otros predicadores del Evangelio, a otros pastores o maestros. Así organizó a los santos para la obra del ministerio, en orden a la edificación del Cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, al estado de Hombre Perfecto y a la madurez que corresponde a la plenitud de Cristo.

Mt 4,12-17: En aquel tiempo, cuando Jesús oyó que Juan había sido entregado, se retiró a Galilea. Y dejando Nazaret, vino a residir en Cafarnaúm junto al mar, en el término de Zabulón y Neftalí; para que se cumpliese el oráculo del Profeta Isaías: ¡Tierra de Zabulón, tierra de Neftalí, camino del mar allende el Jordán, Galilea de los gentiles! El pueblo que habitaba en tinieblas ha visto una gran luz; a los que habitaban en paraje de sombras de muerte una luz les ha amanecido. Desde entonces comenzó Jesús a predicar y decir: “Arrepiéntanse, porque el Reino de los Cielos se ha acercado”.

12/01 - San Victorián (Victoriano), Confesor


Victorián o Victoriano, santo de origen italiano, compañero y discípulo de San Benito, santo patrón de Europa y del monaquismo occidental. Victorián murió como abad del Monasterio de San Martín de Asán después del año 551, año en que ordenó al obispo de Osca Vicente (557-576), como diácono, y Victorián fue testigo del testamento donde el futuro obispo legó sus bienes al monasterio.

Probable seguidor de San Benito en las primeras fundaciones eremíticas de éste en Subiaco, pronto marchó a Francia con otros compañeros para propagar las enseñanzas monacales benedictinas, donde alcanzó fama de santidad y de notorio sanador. Huyendo de dicha fama, cruzó los Pirineos y se refugió en la agreste Sierra de Guara, donde desde muchos años antes vivían varios cenobitas, cristianos que huían del mundo para encontrar la perfección espiritual en la soledad, cobijados entre las abundantes cuevas cársticas características del mencionado macizo calizo de Guara.

Así, Victorián habitó su pequeño cenobio, (hoy conocido como La Espelunca, situado en una pequeña cueva, dedicado al santo provenzal San Ginés de Arles). Pero las gentes del lugar, atraídos por su saber, cultura y fortaleza espiritual, quisieron que bajara de la Peña para estar más accesible al pueblo, y le ofrecieron una pequeña propiedad en Arasarre (Isarre, Santa Eulalia la Mayor, actualmente un despoblado -desde el siglo XVIII- en el barranco de Vadiello, un afluente del río Guatizalema), en la vertiente sur de la Sierra de Guara.

Su fama, cimentada por su adscripción a las enseñanzas de San Benito, se extendió tanto que fue elegido abad por los monjes del principal y más antiguo monasterio de la región, de origen y rito visigodo y foco monástico de toda la región oscense, el Monasterio de San Martín de Asán. Allí reformó el rito proponiendo una regla para sus monjes que, desafortunadamente, no ha llegado hasta nosotros. Murió con edad avanzada (circa 561). San Venancio lo cita en sus Carmina miscellanea, comentando sus virtudes y milagros en un epitafio unos 30-40 años después de su muerte.

Su monasterio, antes de la invasión árabe, se convirtió con la regla de San Victorián en un verdadero seminario episcopal de la Diócesis de Huesca y de la Provincia Eclesiástica Tarraconense: los obispos oscenses como el mencionado Vicente (557-576) o Audeberto (683, 693) fueron antes monjes o abades de Asán, así como los obispos San Gaudioso de Tarazona (527-541), Aquilino de Narbona, Tranquilino de Tarragona y Eufrónimo de Zamora.

Las reliquias de San Victorián recibieron culto en su Monasterio de San Martín de Asán, que tras la Invasión musulmana de la Península Ibérica, y sobre todo, tras el impulso reconquistador del Condado de Aragón, fue casi desmantelado y trasladó su primacía (y las santas reliquias) al Castillo-Monasterio de Montearagón, junto a Huesca y al Real Monasterio de San Victorián de Sobrarbe, que recogió la tradición victoriana. El culto fue impulsado por los primeros condes y reyes de Aragón y Sobrarbe, hasta el punto de acompañar sus reliquias al campo de batalla. En el siglo XI aparecen los primeros documentos que citan el Real Monasterio de San Victorián. El rey Sancho Ramírez en 1077 dona a este Monasterio todos los beneficios que en Ribagorza contaba el Monasterio de Obarra, más de 60 km² de propiedades, con granjas en el Turbón o la villa y castillo de Graus.


Fuente: Wikipedia

lunes, 6 de enero de 2020

07/01 - Sinaxis de San Juan Bautista


Hoy celebramos la Sinaxis en honor del sacratísimo Precursor, que ministró en el Misterio del Divino Bautismo de nuestro Señor Jesucristo. Descanso de las labores. Se permite el pescado.

Lecturas de la Divina Liturgia

Hch 19,1-8: Mientras Apolos se hallaba en Corinto, Pablo atravesó la región montañosa y llegó a Éfeso. Encontró allí a varios creyentes, a quienes preguntó: –¿Recibisteis el Espíritu Santo cuando os hicisteis creyentes? Ellos contestaron: –Ni siquiera habíamos oído hablar del Espíritu Santo. –Pues ¿qué bautismo recibisteis? –les preguntó Pablo. Le respondieron: –El bautismo de Juan. –Sí –les dijo Pablo–, Juan bautizaba a los que se convertían a Dios, pero les decía que creyeran en el que vendría después de él, es decir, en Jesús. Habiendo oído esto, fueron bautizados en el nombre del Señor Jesús; y cuando Pablo les impuso las manos vino sobre ellos el Espíritu Santo, y hablaban en otras lenguasg y comunicaban mensajes proféticos. Eran en total como unos doce hombres. Durante tres meses, Pablo estuvo acudiendo a la sinagoga, donde anunciaba el mensaje sin ningún temor, y hablaba y trataba de convencer a la gente acerca del reino de Dios.

Jn 1,29-34: Al día siguiente, Juan vio a Jesús que se acercaba a él, y dijo: “¡Mirad, ese es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo! A él me refería yo cuando dije: ‘Después de mí viene uno que es más importante que yo, porque existía antes que yo.’ Yo mismo no sabía quién era él, pero he venido bautizando con agua precisamente para que el pueblo de Israel le conozca.” Juan también declaró: “He visto al Espíritu Santo bajar del cielo como una paloma, y reposar sobre él. Yo aún no sabía quién era él, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: ‘Aquel sobre quien veas que el Espíritu baja y reposa, es el que bautiza con Espíritu Santo.’ Yo ya le he visto, y soy testigo de que es el Hijo de Dios.”

06/01 - Teofanía de nuestro Señor y Salvador Jesucristo (Epifanía)


El 6 de Enero, día de la Teofanía o de la Epifanía, es —después de Pascua y Pentecostés— la más grande fiesta del calendario de las Iglesias de rito bizantino. Es incluso superior a la fiesta de la Natividad de Cristo. Conmemora el bautismo de Nuestro Señor por Juan en las aguas del Jordán y, más generalmente, la manifestación pública del Verbo encarnado en el mundo.

La Teofanía es la primera manifestación pública de Cristo. Durante su nacimiento en Belén, nuestro Señor había sido revelado a algunos privilegiados. En este día, todos aquellos que rodean a Juan, es decir, sus propios discípulos y la multitud venida a las orillas del Jordán, son testigos de una manifestación más solemne de Jesucristo. ¿En qué consiste dicha manifestación? Conlleva dos aspectos. Por una parte, está el aspecto de humildad representado por el bautismo al cual Nuestro Señor se somete. Por otra parte, hay un aspecto de gloria representado por el testimonio humano que el Precursor rinde de Jesús y, sobre un plano infinitamente más elevado, el testimonio divino que el Padre y el Espíritu rinden del Hijo. Consideraremos más de cerca estos dos aspectos. Pero retenemos inmediatamente esto: toda manifestación de Jesucristo, tanto en la historia como en la vida interior de cada hombre, es una manifestación de humildad y de gloria a la vez. Quienquiera que separe estos dos aspectos de Cristo comete un error que falsea toda la vida espiritual. No puedo acercarme al Cristo glorificado sin acercarme al mismo tiempo al Cristo humillado, ni al Cristo humillado sin acercarme al Cristo glorificado. Si deseo que Cristo se manifieste en mí, en mi vida, no puede ser mas que abrazando a aquel que Agustín llamaba con predilección Christus humilis y adorando en un mismo impulso a aquel que es también Dios, Rey, y Vencedor. Tal es la primer enseñanza de la Teofanía.

El aspecto de humildad de la Teofanía consiste en el hecho que Nuestro Señor se somete al bautismo de penitencia de Juan. Este se niega primeramente, mas Jesús insiste: deja. Es necesario que toda justicia se cumpla (Mt. 3, 13-15). Sin duda Jesús no tenía que ser purificado por Juan, pero el bautismo que confería el Precursor, el bautismo de arrepentimiento para la remisión de los pecados (1), preparaba el reino mesiánico; y Jesús, antes de proclamar el advenimiento de dicho reino, ha querido pasar él mismo por todas las fases preparatorias de las que debía ser el “consumador”. Siendo la plenitud, ha querido asumir en él mismo todo lo que era aún incompleto e inacabado. Mas, recibiendo el bautismo joánico, Jesús no ha hecho más que aprobar y confirmar solemnemente un rito antes que transformarlo, mas que consumar lo imperfecto en lo perfecto. Él, que era sin pecado, se ha hecho portador de nuestros pecados, del pecado del mundo; y es a nombre de todos los pecadores que Jesús ha hecho un gesto público de arrepentimiento. Por otra parte, Jesús ha querido enseñarnos la necesidad de la penitencia y la conversión; antes incluso de acercarnos al bautismo cristiano, debemos recibir el bautismo de Juan, es decir, pasar por un cambio de espíritu, por una catástrofe interior. Debemos sentir una verdadera contrición de nuestros pecados. El arrepentimiento es, en lo que nos concierne, el aspecto de humildad de la Teofanía.

Y aquí debemos sobrepasar el horizonte limitado del bautismo joánico para recordar que hemos sido bautizados en Cristo. El bautismo cristiano nos ha lavado y purificado. Ha abolido en nosotros el pecado original y hecho de nosotros una nueva criatura. Éramos probablemente niños cuando hemos recibido el bautismo; la gracia bautismal ha sido una respuesta divina dada, no a nuestra petición personal, sino a la fe de aquellos que nos presentaban al bautismo y a la fe de toda la Iglesia que nos acogía. Dicha gracia bautismal ha sido entonces en cierto modo provisoria y condicional: era necesario que, creciendo y vueltos conscientes, confirmemos por libre elección el acto de nuestro bautismo. La Teofanía es, por excelencia, la fiesta del bautismo, no solamente del bautismo de Jesús, sino de nuestro propio bautismo. Es una maravillosa ocasión para nosotros de renovar en espíritu el bautismo que hemos recibido y para reavivar la gracia que nos ha conferido. Porque las gracias sacramentales, incluso interrumpidas y suspendidas por el pecado, pueden revivir en nosotros si nos volvemos sinceramente hacia Dios. En esta fiesta de la Teofanía, pedimos a Dios lavarnos de nuevo —espiritualmente, no de una manera material— (2) en las aguas del bautismo; ahogamos la antigua criatura pecadora, ya que el bautismo es una muerte mística (3); atravesamos el Mar Rojo que separa la cautividad de la libertad y nos sumergimos con Jesús en el Jordán para allí ser lavados, no por el Precursor, sino por Jesús mismo.

El aspecto de gloria de la Teofanía consiste en los dos testimonios que fueron entonces dados solemnemente de Jesús. Estuvo el testimonio de Juan. No hablaremos de ello ahora; volveremos allí el día siguiente a la Teofanía. Y estuvo el testimonio divino del Padre y del Espíritu. El testimonio del Padre era la voz venida del cielo y diciendo: Tu eres mi Hijo amado, en quien tengo puesta toda mi complacencia (Lc. 3, 22). El testimonio del Espíritu era el descenso de la paloma: Y el Espíritu Santo descendió sobre él bajo una forma corporal, como una paloma (Lc. 3, 22). He aquí el verdadero bautismo de Jesús. La palabra pronunciada por el Padre y el descenso de la paloma (4) son más importantes que el bautismo de agua que Juan confiere a Jesús. El bautismo de agua no era mas que una introducción a esta manifestación divina. Es con razón que, en la antigua liturgia cristiana, la fiesta del 6 de Enero es llamada, no “Teofanía”, sino “Teofanías”, en plural, ya que no se trata de una sola manifestación divina: se trata de tres manifestaciones.

El Padre, el Hijo, el Espíritu son los tres revelados al mundo durante el bautismo de Jesús; el Padre y el Espíritu se revelan en la relación de amor que les une al Hijo. Damos aquí con lo que hay de más profundo y más íntimo en el misterio de Jesús. Por grande que sea el ministerio redentor de Cristo a favor de los hombres, la vida íntima del Hijo con el Padre y el Espíritu es una realidad más grande aún. Jesús no nos es verdaderamente manifestado mas que si entrevemos algo : de dicha intimidad divina, y si oímos interiormente la voz del Padre: Aquí está mi Hijo amado..., y si vemos el vuelo de la paloma sobre la cabeza del Salvador. La fiesta de Teofanía no será verdaderamente una epifanía, una manifestación de Cristo, mas que bajo esta condición. Es necesario que nuestra piedad alcance, en el Hijo, al Padre y al Espíritu. Es necesario que, como Juan Bautista, podamos recordar y testimoniar: He visto al Espíritu descender... (Jn. 1, 32). Allí está la gloria de la Teofanía. Y es por eso que la Teofanía no es solamente la fiesta de las aguas; la antigua tradición griega la llama “la fiesta de las luces”. Esta fiesta nos aporta, no solamente una gracia de purificación, sino también una gracia de iluminación (incluso este nombre de iluminación era antiguamente dado al acto del bautismo). La luz de Cristo no era, en Navidad, mas que una estrella en la noche oscura; en la Teofanía, dicha luz se nos aparece como el sol naciente; va a crecer y, luego del eclipse de Viernes Santo, brillará, más espléndida todavía, la mañana de Pascua; y finalmente, en Pentecostés, alcanzará el pleno mediodía. No se trata solamente de la luz divina objetiva manifestada en la persona de Jesucristo y en la llama pentecostal. Se trata también, para nosotros, de la luz interior, a la cual sin una absoluta fidelidad la vida espiritual no sería mas que ilusión o mentira.

Dios, que había enviado al Precursor a bautizar con agua, le había dicho: Aquel sobre el que verás el Espíritu descender y permanecer, bautizará en el Espíritu Santo (Jn. 1, 33). El bautismo de agua no es mas que un aspecto del bautismo total. Jesucristo mismo dirá a Nicodemo: A menos que nazca del agua y del Espíritu, nadie puede entrar en el Reino de Dios (Jn. 3, 5). El bautismo del Espíritu es superior al bautismo de agua. Constituye un don objetivo y otra experiencia interior. Volveremos a hablar de ello mejor en ocasión de Pentecostés.

Se podría decir que la Teofanía —primer manifestación pública de Jesús entre los hombres— corresponde en nuestra vida interior a la “primera conversión”. Hay que entender por ello el primer encuentro consciente del alma humana con su Salvador, el momento en que aceptamos a Jesús como Maestro y como amigo, y en que tomamos la resolución de seguirlo. Pascua (a la vez la muerte y resurrección del Señor) corresponde a una “segunda conversión” en que, confrontados con el misterio de la cruz, descubrimos qué muerte y qué vida nueva implica esta, y nos consagramos de una manera más profunda —por un cambio radical de nosotros mismos— a Jesucristo. Pentecostés es el tiempo de la “tercera conversión”, el tiempo del bautismo y del fuego del Espíritu, la entrada en una vida de unión transformadora con Dios. No es dado a todo cristiano seguir dicho itinerario. Estas son, sin embargo, las etapas que el año litúrgico propone a nuestro esfuerzo (5).

El Precursor

El día siguiente de Navidad está consagrado a la “synaxis” de la bienaventurada Virgen María: todos los creyentes están invitados a congregarse en honor de aquella que ha hecho la Encarnación humanamente posible. Del mismo modo, el día posterior a la Teofanía (7 de Enero) está consagrado a la “synaxis” de Juan el Precursor, que bautizó a Jesús y lo presentó en cierto modo al mundo. En los cantos de Vísperas y Matutinos de dicha fiesta, la Iglesia multiplica las alabanzas al Precursor: “¡Oh tú que eres luz en la carne... lleno del Espíritu..., golondrina de la gracia... que has aparecido como el último de los profetas... y que eres el más grande entre ellos”. La riqueza misma de dichas alabanzas nos vuelve quizás difícil discernir con claridad lo que nosotros, hombres, hemos de aprender de Juan. Tendremos, en el curso del año litúrgico, la ocasión de volver sobre la persona y el ministerio de aquel que fue no solamente el Precursor y el Bautista, sino el Amigo del Esposo, el nuevo Elías, el mártir que dio su vida por la ley divina. En este día, nos basta poner de relieve dos aspectos del ministerio de Juan indicados por el Evangelio y la Epístola leídas en la Liturgia.

La Epístola (Hch. 19, 1-8) cuenta el encuentro de Pablo, en Efeso, con los discípulos que no habían recibido mas que el bautismo de Juan. Pablo les explicó que Juan había conferido al pueblo un bautismo de penitencia, a fin de que el pueblo creyera en aquel que vendría después de Juan. Pero Pablo bautizó a esos efesios en nombre del Señor Jesús. Estas palabras de Pablo indican con exactitud la grandeza y los límites del ministerio de Juan. Por una parte, debemos recibir de Juan el bautismo de penitencia, es decir, escuchar a Juan decirnos cuáles son las condiciones de acceso al reino mesiánico y dejarnos tocar por su llamado al arrepentimiento. Por otra parte, el bautismo no basta. Debemos ir a Jesús mismo. Debemos ser bautizados en el nombre de nuestro Salvador y en el Espíritu Santo. No se trata aquí solamente de ritos sacramentales: se trata de nuestra constante actitud interior. No puedo ir a Jesús si no he escuchado la voz de Juan y si no me he arrepentido. Mas no puedo permanecer en el arrepentimiento predicado por Juan: la nueva justicia debo adquirir es la que sólo Jesús procura.

La naturaleza de dicha nueva justicia se encuentra indicada en el Evangelio leído en la Liturgia (Jn. 1, 29-34). Dicho pasaje del Evangelio, que describe el bautismo de Jesús por el Precursor, comienza con la siguiente frase: Viendo a Jesús venir a él, dijo: He aquí el Cordero de que quita el pecado del mundo. Este es el segundo aspecto del ministerio de Juan. No solamente Juan predica la conversión y confiere un bautismo de penitencia, sino que nos muestra a Jesús como Cordero de Dios y propiciación por todas nuestras faltas; Juan declara que Jesús realiza lo que el bautismo de penitencia no podía hacer: el Salvador lleva sobre sus propios hombros el pecado del mundo y purifica así a los hombres. El ministerio de Juan será pues eficaz para nosotros si obtiene estos dos resultados: en primer lugar, estimularnos al arrepentimiento, después, mostrarnos al Cordero que se ofrece en sacrificio para reparar nuestros pecados. El ministerio, o, como podríamos decir, el Evangelio del Precursor, tiene un tercer aspecto que nos será revelado más tarde: la relación entre el Esposo y el amigo del Esposo. Mas este aspecto no ha sido aún explicitado en la fiesta de Teofanía. Lo que la “synaxis” del Precursor nos sugiere en este día, es esa aflicción que debe ser el arrepentimiento, y el acto de fe por el cual cargamos con nuestros pecados al Cordero de Dios y hacemos la experiencia interior de la redención.

NOTAS

(1) Los teólogos se han preguntado cuales eran, desde el punto de vista cristiano, el significado y el valor del bautismo de Juan. Dicho bautismo, es claro, se distinguía del bautismo cristiano y permanecía inferior. Por otra parte, había en el bautismo de Juan algo más que en el bautismo judío de prosélitos y que en las purificaciones de la ley mosaica. Era un rito temporal y divinamente inspirado, un rito de preparación mesiánica que pertenecía a la Nueva Alianza antes que a la Antigua; dicho rito era impotente para producir por si mismo la remisión de los pecados, pero provocaba las disposiciones interiores de penitencia y justicia que obtienen directamente el perdón. Predisponía al bautismo en Cristo.

(2) El acto bautismal no puede ser renovado, pero la gracia bautismal puede permanecer, revivir, o crecer en nuestra alma, incluso si el elemento material —aquí el agua— no juegue ningún rol. Un hombre que no ha recibido el bautismo de agua puede sin embargo recibir la gracia bautismal (bautismo de sangre o martirio, bautismo de deseo, explícito o incluso implícito). Es notable que los Evangelios permanezcan silenciosos sobre la cuestión: ¿los apóstoles han sido bautizados? ¿Dónde y cuándo? Jesús, el soberano maestro de la gracia bautismal, no confería él mismo el bautismo de agua. En los ritos de la Teofanía, el agua bendita por la Iglesia, sin ser la materia de un sacramento, es “sacramental”; el contacto con dicha agua puede ayudarnos a formar en nosotros las disposiciones interiores por las cuales reviviremos la gracia de nuestro bautismo. Mas podemos obtener este último resultado sin hacer intervenir ningún signo material. Nuestro propio descenso en el Jordán, en la Teofanía, puede suceder puramente “en espíritu”.

(3) El bautismo tiene un simbolismo, a la vez, de vida y de muerte, que no se manifiesta completamente mas que en el bautismo por inmersión. El neófito es sumergido en el agua: es la muerte de la criatura pecadora. El neófito sale del agua: es la resurrección, el nacimiento a la vida nueva.

(4) Recordemos el significado simbólico de la paloma, según la Escritura. La paloma, en la historia del diluvio, representa la fidelidad y la paz; en el Cantar de los Cantares, representa la inocencia y el amor; en el Evangelio, su simplicidad no es dada en modelo por Jesús. Las palomas podían, según la ley mosaica, reemplazar a un cordero para el sacrificio, y tal fue la ofrenda de los padres de Jesús, cuando lo presentaron en el Templo: esta equivalencia entre la paloma y el cordero toma, a los ojos del cristiano, un sentido profundo. Del mismo modo que la paloma descendió del cielo hacia el Jordán, así, durante la creación del mundo, el Espíritu se movía sobre las aguas.

(5) Este tema de las tres conversiones ha sido desarrollado por varios maestros de la vida espiritual. Aunque esté de acuerdo en conjunto con el tema clásico de las tres vías —vía purgativa, vía iluminativa, vía unitiva— no se superpone a él exactamente.

Lev Gillet, L'An de Grâce du Seigneur


Traducción del francés: Dr. Martín E. Peñalva