viernes, 5 de septiembre de 2014

A propósito del texto castellano actual del Padrenuestro


NOTA PREVIA: Aunque normalmente solo publicamos en nuestro blog artículos relacionados con la Ortodoxia o escritos por autores ortodoxos, incluimos aquí un texto de opinión de un monje católico de rito bizantino por su interés general.

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Después del Concilio Vaticano II, la jerarquía católica española cambió el texto de la oración del “Padre nuestro”, tradicional en España desde la Edad Media, adoptando el que estaba en uso en América Latina.

El mismo Vicepresidente de la Sagrada Congregación vaticana para la defensa de la Fe (Santo Oficio) ha reconocido que el nuevo texto es desafortunado. He aquí las razones que hacen de esta oración, en su recitación actual en la Iglesia católica española, un falso texto que incluso puede ser tachado de herejía verbal:

1 – Es una falsa traducción de las palabras de Jesús que figuran en el original griego de los Evangelios

El texto que reproduce las palabras de Jesús (quien sabía bien lo que quería decir y enseñar a decir a sus discípulos) es: καὶ ἄφες ἡμῆν τὰ ὀφειλήματα ἡμῶν, ὡς καὶ ἡμεῖς ἀφίκαμεν τοῖς ὀφιλέταις ἡμῶν (y perdónanos nuestras deudas, como nosotros perdonamos a nuestros deudores). Traducir  ὀφειλήματα y ὀφιλέταις por “ofensas” y “a los que ofendemos”, es un error craso además de demostración de ignorancia de la lengua griega.

2 – Es una falsedad que raya en la herejía si se quiere ser preciso en el dogma

El texto erróneo que hoy se recita dice que Dios debe perdonar nuestras ofensas. Es decir que nosotros ofendemos a Dios. Esto es una herjia. Dios no puede ofenderse. Dios es inmutable en su infinita perfección y, si una creatura pudiera ofenderle, se rebajaría a la altura de la creatura misma y saería un ser mutable como lo somos nosotros que un día nos ofendemos y luego nos desofendemos si el ofensor nos pide perdón. Incluso en el orden humano, para que alguien pueda ofender a otro, tiene qu estar a su misma altura. Si un niño de tres años me dice: “¡Qué malo eres!”, yo no me ofenderé. Si me lo dice mi jefe de oficina o un amigo, sí que me ofenderé, porque éste está a mi altura y me juzga mal. Por tanto, ofender a Dios es rebajarle a la altura de la creatura y, por tanto, una herjia, condenada ya en los primeros Concilios Ecuménicos.

Jesús, como he dicho, sabía muy bien lo que quería enseñar a sus discípulos. Y dijo “deudas”. ¿Porqué? Pues porque, por el hecho de ser creaturas de Dios, absolutamente todo lo que tenemos se lo debemos a Él. “¿Qué tienes que no lo hayas recibido?” pregunta San Pablo (1 Cor. 4,7). Por tanto, nuestra primera relación con Dios es la de deudores. Jesús lo declaró con la parábola de los talentos, que se halla en el Evangelio según san Mateo, cap. 25, del verículo 14 al 30. Un hombre rico, al ausentarse, confía unos talentos a sus servidores. Y ya sabemos la historia. Todos los devuelven al regresar el Señor, junto con  los interesas que han producido, y reciben la recompensa, excepto el último que no ha querido exponerse, es decdir, no ha querido asumir su deuda  y es castigado. 

Conclusión: hagamos todo lo posible para que una oración tan fundamental como el “Padre nuestro” en nuestra práctica cristiana no se desvirtue y falsifique por obra de la ignorancia y la incuria de los que deberían velar por la ortodoxia de la fe. 

3 – Falsa justificación

Algunos a los que se ha interpelado por causa de este error de traducción, dicen “es para que la gente comprenda mejor que hay que perdonar al prójimo”.

Esta justificación es un grave error. Primero porque falsea el texto original. Segundo porque, por desinterés o por ignorancia, evita instruir a los fieles con la verdad del Evangelio. La oración que Jesús nos enseñó dice “deudas” y “deudores”. Magnífica ocasión para que el sacerdote o catequista, en lugar de simplificar el concepto, cambiando los términos por “ofensas” y por “a los que os ofenden”, forme a los fieles con una lección de sana teología. Que les explique que, como se ha dicho antes, todo lo hemos recibido de Dios y se lo “debemos” y les haga ver también por qué no podemos “ofender” a Dios, como también se ha dicho anteriormente. Desgraciadamente, en la Iglesia latina reciente, se advierte una tendencia a facilitar y simplificar los dogmas en su exposición a los fieles, en lugar de aprovechar la ocasión de darles una sólida formación teológica, haciéndoles comprender el significado, la razón de ser y, si hace al caso, la historia, de las afirmaciones dogmáticas de la fe cristiana. De esta manera los creyentes de hoy no llegan a tener ni siquiera un barniz de formación religiosa. ¿Cómo podrán dar testimonio a quienes les pidan la razón de la esperanza que llevan en sus corazones? (1Pe 3,15). La razón de que muchos cristianos de hoy no hayan cortado con la Iglesia es simplemente la “costumbre” heredada de sus padres.  Si el clero continúa a no dar solidez a la fe de sus fieles, está sirviendo en bandeja a las generaciones futuras, el olvido de la religión. La mera “costumbre” – y más en los tiempos que corremos – no tiene raíces y no tardará en ser abandonada.

P. Archimandrita Juan Sergio (Nadal), SJ