sábado, 24 de mayo de 2014

Domingo del Ciego. Lecturas de la Divina Liturgia



Hech 16,16-34: Aconteció que, mientras íbamos al lugar de oración, nos salió al encuentro una joven esclava que tenía espíritu de adivinación, la cual producía gran ganancia a sus amos, adivinando. Ésta, siguiendo a Pablo y a nosotros, gritaba diciendo: --¡Estos hombres son siervos del Dios Altísimo, quienes os anuncian el camino de salvación! Hacía esto por muchos días. Y Pablo, ya fastidiado, se volvió y dijo al espíritu: --¡Te mando en el nombre de Jesucristo que salgas de ella! Y salió en el mismo momento. Pero cuando sus amos vieron que se les había esfumado su esperanza de ganancia, prendieron a Pablo y a Silas y los arrastraron a la plaza, ante las autoridades. Al presentarlos ante los magistrados, dijeron: --¡Estos hombres, siendo judíos, alborotan nuestra ciudad! ¡Predican costumbres que no nos es lícito recibir ni practicar, pues somos romanos! Entonces el pueblo se levantó a una contra ellos. Y los magistrados les despojaron de sus ropas con violencia y mandaron azotarles con varas. Después de golpearles con muchos azotes, los echaron en la cárcel y ordenaron al carcelero que los guardara con mucha seguridad. Cuando éste recibió semejante orden, los metió en el calabozo de más adentro y sujetó sus pies en el cepo. Como a la medianoche, Pablo y Silas estaban orando y cantando himnos a Dios, y los presos les escuchaban. Entonces, de repente sobrevino un fuerte terremoto, de manera que los cimientos de la cárcel fueron sacudidos. Al instante, todas las puertas se abrieron, y las cadenas de todos se soltaron. Cuando el carcelero despertó y vio abiertas las puertas de la cárcel, sacó su espada y estaba a punto de matarse, porque pensaba que los presos se habían escapado. Pero Pablo gritó a gran voz, diciendo: --¡No te hagas ningún mal, pues todos estamos aquí! Entonces él pidió luz y se lanzó adentro, y se postró temblando ante Pablo y Silas. Sacándolos afuera, les dijo: --Señores, ¿qué debo hacer para ser salvo? Ellos dijeron: --Cree en el Señor Jesús y serás salvo, tú y tu casa. Y le hablaron la palabra del Señor a él, y a todos los que estaban en su casa. En aquella hora de la noche, los tomó consigo y les lavó las heridas de los azotes. Y él fue bautizado en seguida, con todos los suyos. Les hizo entrar en su casa, les puso la mesa y se regocijó de que con toda su casa había creído en el Señor.

Jn 9,1-38: Mientras pasaba Jesús, vio a un hombre ciego de nacimiento, y sus discípulos le preguntaron diciendo: --Rabí, ¿quién pecó, éste o sus padres, para que naciera ciego? Respondió Jesús: --No es que éste pecó, ni tampoco sus padres. Al contrario, fue para que las obras de Dios se manifestaran en él. Me es preciso hacer las obras del que me envió, mientras dure el día. La noche viene cuando nadie puede trabajar. Mientras yo esté en el mundo, luz soy del mundo. Dicho esto, escupió en tierra, hizo lodo con la saliva y con el lodo untó los ojos del ciego. Y le dijo: --Ve, lávate en el estanque de Siloé--que significa enviado--. Por tanto fue, se lavó y regresó viendo. Entonces los vecinos y los que antes le habían visto que era mendigo decían: --¿No es éste el que se sentaba para mendigar? Unos decían: --Éste es. Y otros: --No. Pero se parece a él. Él decía: --Yo soy. Entonces le decían: --¿Cómo te fueron abiertos los ojos? Él respondió: --El hombre que se llama Jesús hizo lodo, me untó los ojos y me dijo: "Ve a Siloé y lávate." Entonces cuando fui y me lavé, recibí la vista. Y le dijeron: --¿Dónde está él? Él dijo: --No sé. Llevaron ante los fariseos al que antes era ciego porque el día en que Jesús hizo lodo y le abrió los ojos era sábado. Entonces, los fariseos le volvieron a preguntar de qué manera había recibido la vista, y les dijo: --Él me puso lodo sobre los ojos; me lavé y veo. Entonces algunos de los fariseos decían: --Este hombre no es de Dios, porque no guarda el sábado. Pero otros decían: --¿Cómo puede un hombre pecador hacer tales señales? Había una división entre ellos. Entonces volvieron a hablar al ciego: --Tú, ¿qué dices de él, puesto que te abrió los ojos? Y él dijo: --Que es profeta. Los judíos, pues, no creían que él había sido ciego y que había recibido la vista, hasta que llamaron a los padres del que había recibido la vista, y les preguntaron diciendo: --¿Es éste vuestro hijo, el que vosotros decís que nació ciego? ¿Cómo, pues, ve ahora? Respondieron sus padres y dijeron: --Sabemos que éste es nuestro hijo y que nació ciego. Pero cómo ve ahora, no sabemos; o quién le haya abierto los ojos, nosotros tampoco lo sabemos. Edad tiene; preguntadle a él, y él hablará por su cuenta. Sus padres dijeron esto porque tenían miedo de los judíos, porque ya los judíos habían acordado que si alguno confesara que Jesús era el Cristo, fuera expulsado de la sinagoga. Por esta razón dijeron sus padres: "Edad tiene; preguntadle a él." Así que por segunda vez llamaron al hombre que había sido ciego y le dijeron: --¡Da gloria a Dios! Nosotros sabemos que este hombre es pecador. Entonces él respondió: --Si es pecador, no lo sé. Una cosa sé: que habiendo sido ciego, ahora veo. Luego le dijeron: --¿Qué te hizo? ¿Cómo te abrió los ojos? Les contestó: --Ya os dije, y no escuchasteis. ¿Por qué lo queréis oír otra vez? ¿Acaso queréis también vosotros haceros sus discípulos? Entonces le ultrajaron y dijeron: --¡Tú eres discípulo de él! ¡Pero nosotros somos discípulos de Moisés! Nosotros sabemos que Dios ha hablado por Moisés, pero éste, no sabemos de dónde sea. Respondió el hombre y les dijo: --¡Pues en esto sí tenemos una cosa maravillosa! Que vosotros no sepáis de dónde es, y a mí me abrió los ojos. Sabemos que Dios no oye a los pecadores; pero si alguien es temeroso de Dios y hace su voluntad, a ése oye. Desde la eternidad nunca se oyó que alguien abriese los ojos de uno que había nacido ciego. Si éste no procediera de Dios, no podría hacer nada. Le contestaron diciendo: --Tú naciste sumido en pecado, ¿y tú quieres enseñarnos a nosotros? Y lo echaron fuera. Jesús oyó que lo habían echado fuera; y cuando lo halló, le dijo: --¿Crees tú en el Hijo del Hombre? Él respondió y dijo: --Señor, ¿quién es, para que yo crea en él? Jesús le dijo: --Le has visto, y el que habla contigo, él es. Y dijo: --¡Creo, Señor! Y le adoró.